Una práctica de quince minutos puede ser suficiente para repasar los fundamentos: cómo habitar el cuerpo, cómo relacionarse con la respiración sin controlarla y, sobre todo, qué ocurre en la mente mientras intentamos permanecer atentos.

El recorrido corporal como punto de partida

Antes de trabajar con la respiración conviene establecer contacto con el cuerpo. La instrucción es sencilla: al nombrar una zona —tobillos, muslos, caderas, bajo vientre, columna lumbar, pulmones, omóplatos, antebrazos, manos, cuello, cara— simplemente se toma conciencia de la postura y de las sensaciones presentes en ese lugar. Algunas serán agradables, otras neutras y otras quizá desagradables. No hay nada que corregir; solo registrar.

Este barrido ascendente desde los pies hasta la cabeza cumple una función concreta: anclar la atención en el cuerpo físico antes de introducir un objeto más sutil como la respiración.

El ciclo respiratorio completo

Una vez terminado el recorrido, la invitación es soltar el control de la respiración. Para facilitar esa transición resulta útil hacer primero una inhalación amplia y voluntaria, exhalar por completo y, a partir de ahí, dejar que sea el cuerpo quien decida cuándo volver a coger aire.

Observado sin interferencias, un ciclo respiratorio completo tiene siempre cuatro fases:

  1. Inhalación
  2. Pausa a pulmones llenos
  3. Exhalación
  4. Pausa a pulmones vacíos

Seguir ese ciclo entero —incluyendo las dos pausas— es uno de los anclajes clásicos en la práctica de atención. No se trata de modificar nada, sino de acompañar lo que el cuerpo ya hace por sí solo.

Los cuatro fenómenos de la mente

Mientras se mantiene la atención en la respiración, la mente inevitablemente se desvía. Lejos de ser un fracaso, ese movimiento es precisamente el material de trabajo. Lo que interrumpe la atención pertenece siempre a una de estas cuatro categorías:

  • Pensamientos: imágenes o frases internas. Antes de adquirir lenguaje, los seres humanos ya pensaban en imágenes —como ocurre en los sueños—. Muchos pensamientos adultos son también imágenes: recuerdos, anticipaciones, escenas que se construyen sobre algo deseado o rechazado.
  • Emociones: miedo, alegría, irritación… surgen frecuentemente ligadas a un pensamiento previo, a algo percibido o a algo dicho.
  • Sensaciones físicas: lo que llega a través de los sentidos y es procesado por la mente. El sonido de una voz, una vibración, un ruido del entorno.
  • Impulsos: el empuje a actuar. Interrumpir a alguien, levantarse, responder de forma abrupta.

Se llaman fenómenos porque comparten una misma estructura: surgen, permanecen un tiempo y se disuelven.

El control de impulsos como habilidad entrenable

De los cuatro fenómenos, los impulsos merecen atención especial porque conectan directamente con la conducta. La práctica de mindfulness desarrolla, entre otras cosas, la capacidad de percibir el impulso antes de actuar sobre él. Ese intervalo —por pequeño que sea— es el espacio donde reside la posibilidad de elegir.

Esta habilidad ya existe en todos: poder esperar para ir al baño, por ejemplo, es una forma de control de impulsos que se adquirió en la infancia. Lo que la práctica permite es extender ese mismo principio a situaciones emocionalmente más intensas, donde el impulso de gritar, de responder con agresividad o de cortar una conversación puede ser especialmente difícil de contener.

No hay ningún problema en tener el impulso. La cuestión es si se puede observar antes de actuar.


Ojalá hoy puedas abrazar el cambio con tranquilidad y calma. Ojalá tú y las personas de tu entorno podáis hacer lo mismo.