Uno de los conceptos más recurrentes en la tradición budista es el de la construcción del yo. No se trata de un asunto abstracto o exclusivamente filosófico: tiene consecuencias directas en cómo vivimos, en la coherencia —o incoherencia— que percibimos entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos.
La práctica: hola, gracias y adiós
Para explorar esto de forma experiencial existe una práctica sencilla. Ante cualquier estímulo —una frase que escuchamos, una imagen, un olor, una sensación interna— el ejercicio consiste en observar qué fenómenos surgen en la mente y acompañarlos en tres momentos:
- Hola: reconoces lo que acaba de aparecer, le abres la puerta.
- Gracias: lo recibes sin rechazarlo ni aferrarte.
- Adiós: lo dejas ir.
Por ejemplo, al escuchar la frase «el cielo está amaneciendo en color rosa», es posible que surja casi simultáneamente una sensación física agradable, una imagen mental de ese cielo, el deseo de verlo y quizás una emoción de alegría. Todo ello, incontrolable, aparece solo. Lo que sí está en nuestra mano es darnos cuenta de lo que surge y de la subjetividad de cada contenido.
Dónde está el yo
Lo que esta práctica pone de manifiesto es algo que la tradición budista afirma con claridad: ningún fenómeno mental aislado es exclusivamente el yo. La imagen del cielo rosa que aparece en tu mente no agota lo que eres; tampoco lo hace la emoción de alegría que la acompaña. El yo no reside fijo en uno de estos fenómenos: va desplazándose de uno a otro.
Esto explica buena parte de nuestra incoherencia cotidiana. Pensemos en un caso habitual: alguien que, objetivamente, tiene mucho en su vida y aun así experimenta una sensación de vacío. No hay un pensamiento concreto de que falta algo; sencillamente, hay un malestar que no encaja con la valoración racional de la propia situación. O en otro caso: una persona que siente atracción física hacia alguien al margen de su pareja. En el cuerpo surge una sensación de atracción; en el pensamiento aparece «esto no está bien, no puedo hacerlo». ¿Dónde está el yo? ¿En el cuerpo que desea, o en el pensamiento que frena?
Cuando el yo se identifica alternativamente con cada fenómeno que surge, la vida se vuelve complicada. La práctica no pretende resolver ese conflicto por decreto, sino hacerlo visible.
El gerundio como herramienta de desidentificación
Una forma concreta de trabajar con esto es describir lo que ocurre en forma impersonal, usando el gerundio. En lugar de «quiero abrazar a esa persona» o «no debo hacerlo», la formulación cambia a:
«Percibiendo un deseo de abrazar.»
«Percibiendo un pensamiento de que esto no puedo hacerlo.»
El cambio gramatical no es cosmético. Al despersonalizar la descripción, el fenómeno pierde parte de su carga; deja de ser una afirmación sobre quién eres para convertirse en una observación de lo que está ocurriendo. Puede aplicarse a cualquier momento del día, sin que nadie lo note:
«Percibiendo ganas de desayunar.»
«Desayunando.»
Es un ejercicio que puede hacerse en silencio, de forma continua, y que va revelando cómo cambia la gestión de la propia experiencia.
Os invito a que, a partir de ahora, tratéis de hacer este ejercicio cada vez que surjan pensamientos, deseos o emociones: usad ese diálogo en el presente y describid lo que está ocurriendo. Vamos viendo cuál es nuestra experiencia.
Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 48-90.