Una de las fuentes más constantes de diálogo interno —y de sufrimiento— son las etiquetas con las que nos definimos. Las llevamos con nosotros cada día, estructuran cómo juzgamos a las personas, qué esperamos de ellas y cómo interpretamos lo que nos sucede. Y precisamente porque son tan habituales, rara vez reparamos en ellas.

La práctica: escaneo corporal como punto de partida

Antes de explorar el contenido mental, conviene establecer una base estable en el cuerpo. La práctica comenzó con un recorrido atencional detallado: dedos de los pies, plantas, tobillos, piernas hasta las caderas, la columna lumbar —revisando si la postura es correcta o necesita ajuste—, el abdomen, el pecho, los hombros, los brazos hasta las muñecas, las manos y los dedos. Desde ahí, la atención subió a la cara: frente, ojos, párpados, sienes, pómulos, mejillas, nariz, labios, cuero cabelludo, orejas, nuca.

Finalmente, una percepción más global: la piel de todo el cuerpo, la musculatura, y si se quiere también la estructura ósea. La columna vertebral, el contacto de las mandíbulas, el apoyo de las caderas. Como referencia de ese sostén interno: sin huesos, seríamos simplemente una masa en el suelo.

Desde ese anclaje corporal, se atiende al estado de la mente y sus procesos, y se reposa en cada inhalación y cada exhalación.

El peso de las etiquetas

Esta práctica continúa una exploración sobre el origen del diálogo interno y sobre cómo se va disolviendo, poco a poco, la identificación con un yo rígido. Una de las herramientas para esa exploración es examinar las etiquetas que usamos para definirnos.

Una pregunta sencilla para empezar: si tuvieras un papel en blanco ahora mismo, ¿cuáles serían las cinco etiquetas más importantes con las que te describes? Valores, género, lugar de nacimiento, filiación política, profesión. Si el ejercicio se hace con honestidad, lo que aparece es que esas etiquetas estructuran la vida entera: con quién nos relacionamos, a quién incluimos en nuestro entorno cercano, qué esperamos de los demás.

Un ejemplo concreto: una niña de doce años estaba triste porque su compañera de clase había invitado a su cumpleaños a todas las niñas menos a tres, y ella era una de ellas. El vínculo real entre ambas era prácticamente inexistente —solo compartían aula—. Sin embargo, la etiqueta soy una niña, por tanto debería haber sido invitada generó una expectativa, y su frustración surgió de ahí, no de la relación en sí. Si esa etiqueta de género no hubiera estado operando, es probable que la exclusión no hubiera tenido el mismo peso.

Esto no es un problema exclusivo de la infancia. Está presente cada día en nosotros. En la tradición budista se describen tres raíces del sufrimiento: la codicia, la aversión y la ignorancia. La ignorancia aquí no es falta de información, sino la confusión entre un hecho objetivo —ser niña, tener una determinada profesión, pertenecer a un lugar— y lo que creemos que ese hecho implica o nos garantiza.

Trabajar con las etiquetas

No se trata de eliminarlas —no es posible ni probablemente deseable—, sino de que pierdan fuerza. Que dejen de distorsionar la realidad de forma automática.

Hay formas muy directas de trabajar esto. Una que resulta difícil de olvidar: un cirujano que, como parte de un ejercicio deliberado, fue a sentarse en una estación de autobuses en el suelo, con una gorra delante, como si fuera un mendigo. Una forma radical, sí, pero ilustrativa de hasta dónde puede llegar la exploración si uno está dispuesto.

Ejemplos menos extremos los conocemos bien: perder un trabajo, cambiar de un coche valorado a uno más modesto, atravesar una ruptura de pareja. Cada uno de esos momentos desafía etiquetas —soy alguien exitoso, soy atractivo, soy valioso— y el malestar que aparece suele ser proporcional a cuánto nos habíamos identificado con ellas.

La práctica de mindfulness ofrece aquí algo concreto: la posibilidad de hacerse consciente de qué etiquetas están operando en un momento dado, observarlas sin actuar desde ellas, y con el tiempo ver cómo su influencia sobre la percepción se va atenuando.

Os dejo con vuestras etiquetas —y con las mías.


Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 48-90.