Una de las asunciones más arraigadas sobre nosotros mismos es que somos un yo coherente: un único sujeto que mantiene una línea biográfica reconocible, consistente, justificable. Esta sesión trabaja precisamente esa idea —la segunda asunción distorsionada del yo— explorando qué ocurre cuando la observamos con atención directa.
Establecer la base: el cuerpo y el estado de la mente
Antes de entrar en el tema, la práctica comienza con un recorrido corporal sistemático. Se revisa la postura desde los pies hasta la cabeza, deteniéndose en cada región —piernas, caderas, columna vertebral, órganos del tronco, hombros, brazos, manos, cuello, rostro— con el único propósito de verificar si la postura es cómoda y estable. No se busca ninguna configuración ideal; se trata de que el cuerpo quede a gusto para sostener la atención.
Desde ahí, la atención se dirige al estado de la mente. Cuando la mente está calmada, lo que predomina es el espacio: apenas hay contenidos, y los pensamientos o emociones aparecen como fenómenos ocasionales sobre ese fondo. Esta observación no es metafórica: es lo que se percibe cuando la mente no está siendo alimentada activamente. Es también el punto de partida idóneo para abordar preguntas que van a desafiar al yo, porque es probable que al hacerlo aparezca un debate interno. La invitación es observar ese debate sin nutrirlo, sin generar lo que en la tradición contemplativa se llama proliferación mental.
La asunción de coherencia biográfica
La sesión anterior trabajó la continuidad del yo —esa sensación de ser el mismo sujeto a lo largo del tiempo, sostenida en gran medida por la memoria—. Esta vez el foco es diferente: la coherencia del yo en el momento presente y a lo largo de la vida.
Damos por supuesto que somos un yo unitario y consistente. Sin embargo, basta revisar la propia historia para encontrar contradicciones evidentes: cambios de trabajo, de ideología política, de valores; emociones simultáneas que se contradicen entre sí. El ejemplo que se propone en la práctica es el de sentirse genuinamente enamorado de alguien y, al mismo tiempo, sentir atracción por otras personas. Ambas experiencias son reales. La incoherencia no es un fallo moral ni una anomalía: es la norma. El sufrimiento aparece precisamente porque asumimos que debería haber coherencia, y la experiencia nos dice otra cosa.
Lo habitual es explicar los propios cambios recurriendo a causas externas —circunstancias que nos empujaron— o a causas internas —una nueva forma de ver el mundo—. Y cuando ninguna explicación parece suficiente, la respuesta que damos a los demás suele ser: «Yo soy así». Esa frase, aparentemente simple, es en realidad el cierre de la investigación: una narrativa que detiene la observación.
A medida que la práctica de mindfulness se profundiza, el diálogo interno se vuelve más espacioso y se empieza a reconocer que tanto las explicaciones como las identidades son, en último término, historias que nos contamos. No necesariamente falsas, pero sí interpretaciones. Y las interpretaciones conllevan consecuencias.
El yo experiencial y la historia del señor Güey
Frente a la tendencia a interpretar de forma inmediata lo que nos ocurre, la práctica propone quedarse con el yo experiencial: lo que está sucediendo, sin la capa de juicio que lo convierte en bueno o malo, en ganancia o pérdida.
Para ilustrarlo, Diego recupera la historia del señor Güey, un ganadero de la antigua China. Sus caballos se pierden en la montaña: «Puede que sea una desgracia, puede que no». Vuelven multiplicados: «Puede que sea una buena noticia, puede que no». Su hijo mayor sufre un accidente y queda en cama durante meses: «Puede que sí, pero puede que no». Cuando el emperador ordena reclutar a todos los hijos mayores para la guerra, el del señor Güey es el único que se queda en casa. Y la respuesta es la misma.
La historia no predica el desapego forzado ni la indiferencia. Lo que señala es algo más preciso: nuestras interpretaciones rápidas sobre lo que nos conviene suelen estar equivocadas, porque no tenemos acceso al cuadro completo. La recomendación es sencilla: no juzgar todavía. Sostener la experiencia sin clasificarla de inmediato.
Hoy, con lo que surja, podemos acordarnos: «Puede que sí, pero puede que no».
Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 91-104.