Esta sesión matutina combina dos movimientos: primero, un recorrido sistemático por el cuerpo para establecer una presencia clara antes de sentarse a meditar; después, una primera aproximación a algo que en psicología contemporánea está generando un interés creciente —la no dualidad y las meditaciones deconstructivas.
Los cuatro fundamentos: conocimiento claro de la postura
Antes de trabajar con la mente, conviene saber dónde está el cuerpo. La práctica comienza en los pies —percibir el apoyo, los dedos, el contacto con el calzado— y asciende con lentitud: tobillos, rodillas, muslos, caderas, pelvis, columna vertebral, abdomen, diafragma, pulmones, hombros, brazos, manos, cuello, cabeza y cara.
No se trata de relajación dirigida, sino de conocimiento claro: saber con precisión cómo está posicionado el cuerpo en este momento. Ese conocimiento tiene un efecto secundario que conviene notar: cuando el cuerpo se percibe globalmente, suele pedir por sí solo una postura más digna y una respiración más amplia. No es necesario forzarlo; basta con permitírselo.
La instrucción sobre la rigidez merece atención especial:
«Si percibo que hay cierta rigidez porque estoy forzando la postura, soltamos ahí. Cualquier tensión. Tenemos que estar muy cómodas.»
Una vez completado el recorrido, la atención se dirige brevemente a la mente: ¿está tranquila? ¿está atrapada en algo? Sea lo que sea, la indicación es la misma: simplemente atestiguar, sin intervenir.
El yo como constructo: por qué importa esto en meditación
A partir de aquí la sesión introduce el hilo conductor de los próximos meses de práctica. La psicología moderna está prestando atención a un territorio que las tradiciones contemplativas llevan siglos explorando: la no dualidad.
La idea central es que cualquier distinción que damos por supuesta —yo y el mundo, yo y los otros— es, en mayor o menor medida, una construcción. Físicamente somos un producto de la naturaleza: estamos hechos de lo que bebemos, de lo que comemos. La separación es funcional, pero no absoluta.
El caso más relevante para la práctica es la distinción yo / los otros. Los seres humanos no nacemos con una conciencia de separación. El sentido del yo —quiénes somos, cómo nos diferenciamos de los demás— se desarrolla progresivamente a través del lenguaje y la interacción social. Cuando un niño empieza a usar palabras como yo, mi, mío, está aprendiendo a verse a sí mismo tal como lo ven los otros. De ahí que seamos tan sensibles, desde muy temprano, a la evaluación ajena: el yo se construye en buena parte desde la mirada externa.
Entender esto —que el yo es un constructo psicológico y social, no una entidad fija— abre la puerta a lo que se conocen como meditaciones deconstructivas: prácticas que no buscan relajar ni concentrar, sino observar la realidad tal como es, desmontando gradualmente los supuestos que damos por evidentes.
Sonidos, pensamientos e impermanencia
La sesión cierra con un ejercicio de escucha abierta. La instrucción es sencilla: percibir los sonidos que llegan —desde el silencio de casa hasta el ruido de la calle— y notar cómo surgen, permanecen un momento y desaparecen.
Los pensamientos funcionan igual. Aparecen, se llevan la atención un rato y, cuando uno se da cuenta, ya han pasado. No porque se haya elegido soltarlos, sino porque esa es su naturaleza:
«Todo es impermanente. Todo aparece, está un rato y luego se va.»
La invitación para el resto del día es la misma con la que se cierra cualquier práctica de los fundamentos: cada vez que sea posible, regresar a las sensaciones del cuerpo. Sin forzar nada. Simplemente, recordarlo.