Hay un momento en la práctica contemplativa en que la percepción del yo como entidad sólida empieza a resquebrajarse. No es un concepto filosófico que se entiende intelectualmente: es una experiencia vivencial. Y cuando eso ocurre, algo más se mueve con ello: el edificio de sentido que habíamos construido sobre ese yo.

Escáner corporal como punto de partida

Antes de entrar en el tema, conviene asentar la atención en el cuerpo. La práctica de hoy comienza con un recorrido sistemático: pies, tobillos, gemelos, rodillas, muslos, caderas —que sostienen el peso de todo el tronco, la columna, la cabeza y los brazos—, vértebra por vértebra a lo largo de la columna, el abdomen, los pulmones, el corazón, los hombros, los brazos hasta los dedos, y finalmente el rostro y el interior de la cavidad oral y craneal. No se trata de forzar sensaciones; muchas serán neutras. El recorrido sirve para seguir un camino, para estar presentes antes de abrir una pregunta que puede ser incómoda.

Todo lo que perseguimos, lo perseguimos por el yo

Fijaos en esto: todo lo que hemos deseado, todo lo que hemos perseguido a lo largo de la vida, lo hemos hecho para nosotros mismos, para el yo. Aunque sea una ilusión, es el motor.

Desde pequeños queremos ser famosos, ricos o poderosos. Decidimos casarnos o no, tener hijos o no, ejercer tal profesión o tal otra. Si lo resumimos, nuestras metas han sido básicamente dos: los placeres de los sentidos —donde entra el sexo, el dinero y tantas otras cosas— y llegar a ser alguien. Todo esto nos otorga dirección y sentido.

Sin embargo, cuando empezamos a percibir que el yo no existe, todo esto se pone en cuestión. Es probable que esos proyectos que daban sentido a nuestra vida se derrumben como un castillo de naipes.

La nostalgia por el samsara

Lo más frecuente es que, tras ese derrumbe, surja un nuevo sentido, algo con mayor significado. El Dalai Lama dice que somos visitantes de este planeta y que, como mucho, estaremos aquí noventa o cien años. En ese periodo, si contribuimos a la felicidad de otros, seguramente habremos encontrado el verdadero sentido de nuestras vidas.

Pero antes de llegar ahí, hay un trabajo que hacer: el duelo. Duelo por el yo, por las etiquetas a las que tanto nos habíamos aferrado —la profesión, el éxito económico, la familia, el prestigio—, y también por el esfuerzo dedicado a conseguirlas y mantenerlas. Es posible que afloren contradicciones que siempre habían estado ahí pero que se habían ocultado: un trabajo demasiado exigente o que no gusta pero que produce una alta remuneración, una pareja que no llena pero que es coherente con el estatus, una vida dedicada a satisfacer a la galería que se siente como vacía.

En esos momentos, todo eso chirriará y seguramente saltará por los aires. Somos mucho más capaces de ver lo que es auténtico y lo que es falso, lo que es coherente y lo que es incoherente. Es posible que perdamos algunos amigos porque ya no conectamos con ellos, y hagamos otros nuevos. Las aficiones que antes llenaban empiezan a sentirse vacías; los temas relacionados con la práctica y la enseñanza cobran más peso.

Estos elementos suelen aparecer simultáneamente, cada uno con mayor o menor intensidad y rapidez, pero es seguro que algo de cada uno de ellos aparecerá. Son momentos de transición, de duda, de inseguridad. La sensación puede ser una suma de falta de sentido, nostalgia por el yo y por los placeres perdidos, y miedo. Todo ello es parte del proceso de disolución del yo: una sensación de tristeza, confusión y miedo que meditadores expertos como el lama tibetano Chögyam Trungpa denominan la nostalgia por el samsara.


Ahora te invito a que pienses en tus principales objetivos en la vida, en lo que te ha movido a luchar hasta este momento. Lo más probable es que sean objetivos autocentrados, relacionados con los placeres sensoriales o con el éxito personal. Intenta conectar con la ausencia de yo, no como un concepto teórico, sino como una sensación vivencial profunda. Si esto es así: ¿siguen teniendo sentido esos objetivos? ¿Tienen la misma energía, el mismo impulso? ¿O tendrás que buscar otros?


Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 157-167.