Uno de los cambios más llamativos que se producen con la meditación es la aparición de una sensación de calma que puede rastrearse tanto a nivel físico como psicológico. Esta práctica matutina parte de un escaneo corporal sencillo —pies, piernas, tronco, brazos, cara— para después dirigir la atención hacia esos cambios y explorar qué dicen sobre el funcionamiento de la mente.
Lo que ocurre en el cuerpo
Cuando la práctica se asienta, el cuerpo registra cambios mesurables: disminuye la frecuencia cardíaca, la frecuencia respiratoria se vuelve más lenta y aparecen pausas naturales de apnea, baja la tensión arterial y la actividad electroencefalográfica se reduce. No es relajación ordinaria; es un estado fisiológico distinto que el propio cuerpo anuncia si se le presta atención.
La respiración ofrece aquí un punto de observación concreto: las pausas entre inhalación y exhalación —y entre exhalación e inhalación— son momentos en los que ese aquietamiento se hace especialmente perceptible.
Lo que ocurre en la mente
A nivel psicológico, los procesos de pensamiento se ralentizan. Aparecen menos pensamientos, y los que surgen lo hacen de forma más pausada, sean frases, palabras o imágenes. Entre ellos empiezan a abrirse huecos: intervalos sin actividad mental apreciable.
Esos espacios no son ausencias a corregir. Se consideran el funcionamiento genuino de la mente, su estado de base. Javier García-Campayo lo describe con una imagen sencilla: el discurso mental es como una radio funcionando de fondo, sin que sea necesario atender a sus contenidos.
Cuando estamos atrapados por una emoción intensa, los pensamientos derivados de ella se reifican —cobran todo el protagonismo, parecen la única realidad. La meditación permite ver que son simplemente fenómenos mentales, productos de la actividad de la mente, no la realidad misma.
La sensación de yo y la no dualidad
Este proceso se acompaña de un debilitamiento progresivo de la idea del yo. Puede producir cierta incomodidad o incluso miedo, y vale la pena reconocerlo sin dramatizarlo.
Si se monitoriza la sensación de tener un yo a lo largo de la práctica, los contrastes son informativos: cuando aparecen pensamientos cargados emocionalmente, el sentido del yo es intenso y muy presente; cuando los pensamientos se reducen y no hay emoción activa, ese sentido se vuelve ligero; en los huecos entre respiraciones, la sensación egoíca es casi inexistente.
En el modelo de estructura de la mente que trabaja García-Campayo, este estado se corresponde con lo que denomina pantalla tres: el yo experiencial observando el vacío de contenidos mentales. Cuando el yo está suficientemente deconstruido, no hay sujeto definido y, por oposición, tampoco objeto. Se empieza a rozar lo que las tradiciones contemplan como no dualidad.
La indicación práctica en este punto es la misma que al principio: seguir haciendo lo mismo, sin forzar, sin aferrarse, sin perseguir resultados. Simplemente avanzar contemplando todas estas diferencias.
Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 138-155.