Esta práctica es la primera de una serie en la que vamos a indagar sobre cómo se genera la sensación de yo. El punto de partida está en el capítulo siete del libro Vacuidad y no dualidad, de Javier García-Campayo —un libro que merece tener a mano.
Establecer los cuatro fundamentos: el recorrido corporal
Antes de abordar el tema central, conviene establecer una base de atención clara. Comenzamos con el primer fundamento: el cuerpo.
Recorremos la postura desde los pies hacia arriba. Los dedos, las plantas, el contacto con el suelo. Subimos por los tobillos, las rodillas, los muslos, las caderas —donde podemos percibir los huesos y la presión—, la pelvis, y desde ahí ascendemos por toda la columna, despacio, hasta las cervicales. Luego la parte anterior del tronco: la piel, los órganos, los movimientos del diafragma y los pulmones. Llegamos a las clavículas, bajamos por los brazos hasta los dedos de las manos, y volvemos a subir por el cuello hasta la cabeza. La piel de la cara, el cuero cabelludo, los párpados, la frente, la lengua. Si hay tensión en alguna zona, podemos aflojarla sin forzar.
Desde esa conciencia corporal, pasamos al segundo fundamento: el estado de la mente. No como un deseo de que esté de una manera u otra, sino como una exploración abierta. ¿Cómo está la mente ahora, hoy? ¿Hay nerviosismo, preocupación, calma? ¿Qué procesos mentales están presentes?
Un apunte útil para esta indagación: los procesos mentales que podamos percibir ocurren en un espacio que no tiene límites. No son lo único que hay. Podemos reconocerlos —“no tan solo estos pensamientos sobre este tema”— y seguir contemplando. En un rato habrá otros. Esto es lo que vamos a llamar proliferación mental.
El proceso de generación del yo
García-Campayo plantea la pregunta de entrada con precisión:
“Vamos a intentar entender cómo la sensación de ser un yo, o de tener un yo, está tan incrustada en el ser humano. Cómo hemos llegado a creer tan intensamente en algo que es una falacia. Es más: cómo es posible que una gran parte de la humanidad, toda la civilización occidental, ni siquiera se haya planteado seriamente el tema durante miles de años.”
Desde la perspectiva budista, el yo se genera a través de tres pasos:
- El contacto con percepciones sensoriales y objetos mentales crea la proliferación mental.
- La proliferación mental crea la sensación de yo.
- El yo se apega a los objetos y se reifica —adquiere todo el protagonismo.
En las próximas prácticas vamos a analizar los cuatro factores que disminuyen esa proliferación. Hoy nos quedamos en el primer paso.
El tono afectivo: la clave que solemos ignorar
Tenemos cinco sentidos que perciben el mundo exterior. Y hay un sexto: la mente, que también genera contenidos —pensamientos, imágenes— igual que el oído capta sonidos. En ninguno de los dos casos elegimos qué aparece.
Cada vez que algo entra en nuestro campo de percepción y hace contacto con un órgano de los sentidos, surge proliferación mental. Es muy rápido. Como una película: no vemos cada fotograma por separado, percibimos un continuo, pero en realidad es todo el rato un fotograma diferente.
Junto con ese contacto aparece un tono afectivo: la experiencia es agradable, desagradable o neutra. No es una emoción —es una categorización básica, una sensación. Ahora mismo, escuchando esto: ¿qué tono tiene la voz? ¿Agradable, desagradable, simplemente así?
En la vida cotidiana, sin atención, el proceso salta directamente del tono afectivo a los pensamientos, y de los pensamientos a otras sensaciones, y de ahí a más pensamientos. Una reacción en cadena de la que casi nunca somos conscientes. Nos movemos hacia lo que nos gusta y rechazamos lo que no nos gusta, sin darnos cuenta de qué está ocurriendo.
Lo que esta práctica propone es un cambio de perspectiva: la clave no es el objeto que genera la sensación, sino el tono afectivo hacia ese objeto. Eso es lo que merece atención.
Os dejo con esta exploración en todo lo que hagáis desde este momento.
Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 105-115.