Una práctica matutina breve puede ser suficiente para recorrer los cuatro fundamentos del mindfulness y llegar a un territorio que la mayoría de sesiones no alcanzan: la experiencia directa de ausencia de yo. Lo que sigue es el registro de una de esas sesiones.
Cuerpo: conocimiento claro de la postura
La práctica empieza en el silencio del entorno. Antes de dirigir la atención hacia dentro, se percibe ese silencio como fondo: cómo de vez en cuando surgen sonidos, permanecen un momento y se disuelven. Desde ahí, la atención se mueve al cuerpo de forma sistemática, nombrando cada segmento desde los pies hasta la cabeza —tobillos, piernas, rodillas, muslos, caderas, abdomen, parte superior del tronco, lumbares, columna, cervicales, hombros, brazos, antebrazos, muñecas, manos— para terminar con el cuerpo entero como unidad. El objetivo no es relajar ni corregir, sino conocer con claridad la postura y las sensaciones: cambiantes, continuas, presentes.
Mente: el vacío en el que todo surge y se disuelve
Una vez establecida la atención en el cuerpo, se pasa a la mente. La instrucción es percibir la mente como un espacio sin límites —ni arriba ni abajo ni a los lados—, comparable al espacio que se percibe cuando se escucha el silencio. Ese vacío no está vacío de contenido: está lleno de pequeños procesos que surgen y desaparecen. La tarea es sencilla: atender ese proceso cambiante sin intervenir.
El Buda señalaba que cualquier corriente que se genera en el mundo es bloqueada por la atención y detenida por la sabiduría. Los cuatro fundamentos no están diseñados para estimular el diálogo interno, sino para facilitar el silencio interno. Lo que crea la sensación de yo son los pensamientos, el diálogo interno. Cuando la atención se establece en los procesos continuamente cambiantes que surgen en ese vacío y se disuelven de nuevo en él, lo que aparece es una experiencia de ausencia de yo —lo que las tradiciones denominan anattā, no-yo.
Lo que se descubre cuando el yo desaparece
No hace falta perseguir esta experiencia. Surge de forma natural cuando la atención se coloca adecuadamente en lo que surge, está y se disuelve. Cuando el yo desaparece, los hallazgos principales son cuatro:
- Impermanencia: todo proceso es transitorio, incluida la propia sensación de ser un yo estable.
- Percepción del espacio: la experiencia se abre; hay una dimensión espacial que normalmente queda oculta bajo el ruido del diálogo interno.
- Calma: no como estado inducido, sino como condición natural que emerge al cesar la fabricación del yo.
- No dualidad y ausencia de sufrimiento: quizás el hallazgo más difícil de anticipar. De repente no hay separación entre observador y observado, y con ello cesa una forma específica de sufrimiento.
El cuarto punto incluye también la incapacidad de fantasear de la manera habitual —“de repente es como que no hay nada”—, lo cual puede resultar desconcertante la primera vez que se experimenta.
La ilusión del yo no desaparece para siempre con una sola sesión, pero estas experiencias permiten hacerse consciente de que la ausencia de yo siempre está: el yo que parece tan sólido nunca ha estado realmente ahí.
Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 138-155.