Una práctica de quince minutos puede ser suficiente para establecer los cuatro fundamentos de la atención consciente —satipatthana— y llegar al inicio del día con mayor claridad. Lo que sigue es el recorrido de la sesión matutina del 22 de agosto.
El primer fundamento: conciencia de la postura
Empezamos donde siempre: el cuerpo. Una respiración amplia para situarse, y después una exploración ordenada de la postura. Los pies, las piernas, las caderas, la pelvis, la zona inferior del tronco. Desde ahí, toda la columna. El pecho, si está abierto y permite respirar con holgura. Los hombros relajados. Los brazos, las manos.
Llegamos a la cabeza. Un pequeño detalle postural que conviene explorar: llevar el mentón ligeramente hacia dentro alinea mejor la cabeza con el resto de la columna. Al principio puede resultar algo extraño, pero es sencillamente la posición más natural del cuello.
Al final de este primer recorrido debería haber un conocimiento más claro de la postura completa del cuerpo, sin necesidad de corrección forzada, solo de atención.
El segundo fundamento: sensaciones
Con la postura establecida, el siguiente paso es recorrer el cuerpo buscando sensaciones —agradables, neutras o desagradables— sin jerarquizarlas. La cara es un buen punto de partida: frente, ojos, pómulos, mandíbula. Cualquier tensión que aparezca puede soltarse al exhalar.
La sonrisa es un recurso sencillo y eficaz. No como gesto forzado, sino como reconocimiento de que estamos aquí, dándonos este momento, para que el día pueda transcurrir con algo más de calma.
El recorrido continúa: cuello, clavículas, hombros, codos, antebrazos, muñecas, manos, dedos. Luego el tronco completo —espalda, pecho, abdomen, bajo vientre— y finalmente las piernas hasta los pies. Cada zona se percibe sin prisa, con la misma calidad de atención: ¿qué hay aquí ahora?
El tercer fundamento: la mente
Sin abandonar el contacto con el cuerpo —la postura y las sensaciones siguen ahí como ancla—, atendemos el estado de la mente. No para analizarlo, sino para reconocerlo: ¿hay tranquilidad? ¿hay ansiedad? ¿hay miedo, alegría, indiferencia?
Todo lo que aparezca se acoge. No hay estado mental incorrecto en este momento. La ansiedad puede surgir y disolverse. El miedo puede estar presente y pasar. El contacto con el cuerpo ayuda cuando la mente se agita.
Una introducción a la sensación de carencia
Las próximas prácticas de este módulo explorarán algunos de los efectos que produce la identificación con el yo —esa estructura mental que llevamos toda la vida dando por sentada y sin la cual no concebimos la existencia.
El primero de esos efectos es la sensación de carencia o vacío. Algo que muchas personas han experimentado incluso cuando, desde fuera, parecería que no falta nada. Tenerlo todo y sentirse vacío por dentro es una experiencia que suele ser dolorosa y, sobre todo, desconcertante, porque no siempre se identifica el problema ni se sabe cómo abordarlo.
Lo importante de momento es esto: es una sensación, no una realidad. Pero reconocerlo intelectualmente no basta. Hay que ir comprobándolo en la propia experiencia.
La práctica terminó con una invitación:
Ojalá podamos hoy todos abrazar la incertidumbre y la falta de control, y ojalá podamos sentirnos seguros y tranquilos.
Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 124-137.