Hay momentos en la práctica en los que el silencio deja de ser neutro. No por agitación, sino por todo lo contrario: porque algo se aquieta tan profundamente que el suelo habitual desaparece bajo los pies. Esta práctica matutina explora ese territorio.

Asentar la atención en el cuerpo

Antes de entrar en el tema, conviene establecer una base. Recorrer el cuerpo con atención clara —desde las plantas de los pies, subiendo por piernas, caderas, columna, abdomen, diafragma, pulmones, brazos, manos, rostro— no es un preludio decorativo. Es el anclaje que hace posible observar lo que viene después sin que la mente lo convierta en problema.

En ese recorrido, las sensaciones neutras son la mayoría. Si aparece algo desagradable, generalmente señala que hay que ajustar la postura. El resto —presión, temperatura, contacto de la ropa, el cambio de volumen en los pulmones con cada respiración— se deja simplemente como es.

Tras un minuto y medio en silencio, vale la pena preguntarse: ¿la mente ha querido generar diálogo, o se ha abandonado a ese vacío?

El miedo en el Visuddhimagga

El Visuddhimagga —texto clásico de la tradición Theravāda— describe un estado de meditación denominado disolución, en el que el meditador experimenta el rápido paso de los fenómenos dondequiera que dirija su atención. En ese estado, el texto señala que pueden surgir ansiedad, miedo e incluso terror al hacerse consciente de la insustancialidad de todo lo que existe.

No es un efecto secundario raro ni una señal de que algo va mal. Es una respuesta comprensible: todos anhelamos la seguridad, y el universo es incontrolable e impredecible. Freud llegó a decir que la neurosis era el rechazo al sufrimiento. En ese mismo sentido, podríamos decir que el yo funciona como mecanismo de defensa ante la vacuidad.

Abandonarse o retroceder

Cuando en la práctica surge la sensación de que no hay nada bajo los pies, de que uno se diluye en un espacio ilimitado, la respuesta más común es interrumpir la meditación. Eso hace que la sensación desaparezca. Es algo habitual.

Sin embargo, si uno se abandona a ese proceso —sin forcejear, con el único soporte de la respiración— lo que suele aparecer al otro lado es conexión, libertad, una sensación de bienestar. No porque la vacuidad sea reconfortante en sí misma, sino porque dejar de resistirla cambia completamente la relación con ella.

Siguiendo la inhalación, la pausa, la exhalación, la pausa. Con todo el cariño.


Podéis continuar en silencio cuando acabéis esta lectura el tiempo que queráis, o en otro momento dedicar treinta o cuarenta y cinco minutos a dejaros simplemente en el silencio.


Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 157-167.