En esta práctica matutina trabajamos dos cosas que se complementan bien: un escáner corporal detallado recorriendo los dos primeros fundamentos del mindfulness, y una exploración experiencial de la diferencia entre el modo hacer y el modo ser.
Conocimiento claro de la postura y las sensaciones
El punto de partida es sencillo: tomar conciencia de la postura del cuerpo tal como está ahora, sin modificarla todavía. Después, con los ojos cerrados, bajamos al detalle.
El recorrido sigue este orden: pies, tobillos, piernas, rodillas, muslos, caderas, pelvis, bajo vientre, abdomen, espalda, columna vértebra a vértebra, zona costal, corazón, pulmones, clavículas, hombros, brazos, codos, muñecas, manos, dedos. Terminamos en la cabeza: la frente, los pómulos, los ojos, los labios, la mandíbula, la lengua, el cráneo, la zona del cerebro.
En cada zona el ejercicio es el mismo: percibir la postura del segmento corporal y las sensaciones que surgen, sin añadir nada. Una observación que vale la pena señalar: cuando cerramos los ojos y atendemos a los pies, la experiencia es cualitativamente distinta a cuando los miramos. Con la vista, el pie tiene forma, volumen, dedos bien definidos. Desde la conciencia interna, no hay forma; hay sensaciones de algo presente que se percibe principalmente donde hace contacto con otro elemento. Esto conecta directamente con lo que en prácticas anteriores hemos explorado sobre la vacuidad: el Buda señalaba que en los fenómenos hay, sobre todo, vacío. La física cuántica apunta en la misma dirección: la materia es, en su mayor parte, espacio vacío. Acercarse al cuerpo sin la vista es una manera directa de rozar esa experiencia.
En la cara, puede ayudar traer a la mente algo que genere una pequeña sonrisa espontánea, no forzada. Simplemente como condición para que las sensaciones en los músculos faciales sean más agradables y sea más fácil soltar tensiones. A partir de ahí, atendemos también a la mente: ¿está atrapada o tiene cierta libertad? ¿Hay estabilidad en la atención? ¿Hay lucidez?
El diálogo interno como niebla
Javier García-Campayo, en el capítulo sobre los efectos adversos del yo de su libro sobre vacuidad, describe el diálogo interno como una especie de niebla que opaca nuestra visión del mundo. Cuando ese diálogo no está activo —que es precisamente lo que ocurre cuando la atención está anclada en las sensaciones, como en el escáner anterior— la mente entra en el modo ser y puede percibir la realidad con mayor claridad.
García-Campayo recoge un proverbio japonés que ilustra bien este punto:
El mundo es una perla brillante.
Lo que hace brillante al mundo no es el mundo en sí, sino la mente cuando se enfoca con plena atención. La luminosidad, en las tradiciones contemplativas orientales, se considera una característica intrínseca de la mente. El silencio interior que surge en este estado puede generar cierta incomodidad al principio; con la práctica se reconoce como el estado natural de la mente, donde aparece la paz.
Modo hacer y modo ser: cómo distinguirlos en la práctica
El modo hacer implica relacionarse con la experiencia a través de preguntas y categorías. Miramos un cuadro y nos preguntamos quién lo pintó, cuándo, en qué se inspiró el autor. Caminamos por un paisaje y clasificamos el tipo de roca o de vegetación. Son preguntas legítimas y enriquecedoras, pero representan una forma de estar.
El modo ser es otra opción, igualmente elegible. Nos sumergimos en la experiencia visual, auditiva o táctil sin generar preguntas. No hay necesidad de conocer, de controlar ni de comparar. El único objetivo es experimentar la realidad y dejarse impregnar por ella.
Puedes hacer esta prueba hoy con cualquier actividad: primero, entra en modo hacer durante unos momentos, observa cómo funciona. Después, cambia de registro: ancla la atención en las sensaciones físicas que te da esa misma actividad. Los pensamientos seguirán surgiendo —es lo que hace la mente— pero en lugar de seguirlos, vuelves a las sensaciones. Eso es modo ser.
Si quieres practicarlo, tienes el resto del día para probarlo.
Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 124-137.