Una práctica breve puede tener dos movimientos bien distintos: uno hacia el cuerpo, otro hacia algo más difícil de nombrar. Esta mañana hemos transitado los dos.
Escáner corporal: recorrer el cuerpo parte a parte
La práctica comienza en la postura. Cualquier postura. Desde ahí, una respiración amplia y una percepción global del cuerpo antes de entrar en detalle.
El recorrido va de los pies hacia la cabeza, sin prisa: pies, tobillos, piernas, caderas, pelvis, abdomen, zona lumbar, columna vértebra a vértebra, costillas, pecho —ligeramente abierto para facilitar la respiración—, clavículas, hombros, brazos, manos, cuello, cara. En cada zona, la instrucción es la misma: percibir la postura y las sensaciones. La mayoría serán neutras. Algunas, sutilmente agradables. Puede haber alguna desagradable; también se recibe.
Si surge el impulso de ajustar la postura, se ajusta. El cuerpo pide lo que necesita.
Al terminar el recorrido, se atiende la mente: ¿cómo está en este momento? Si está calmada, eso merece ser reconocido. No como un logro extraordinario, sino como contacto con lo que García-Campayo llamaría el estado natural de la mente. Familiarizarse con ese estado tiene un valor práctico claro: durante el día, uno empieza a detectar cuándo la mente se aleja de él. Y darse cuenta —aunque la mente esté agitada— ya es un paso. Cuántos momentos transcurren a la deriva, con una mente perturbada, sin que nadie lo note, ni uno mismo.
Desde el punto de vista fisiológico, el escáner corporal orientado hacia sensaciones neutras o agradables comunica al sistema nervioso una señal de seguridad. Cuando esa señal está presente, los procesos de regulación —digestión, descanso, recuperación— funcionan con mayor eficiencia. No es metáfora: es el funcionamiento ordinario del sistema nervioso autónomo.
El sentimiento de vacío como problema existencial
La segunda parte de la sesión aborda algo que tiene menos solución técnica y más hondura: el sentimiento de vacío y soledad que, en palabras del Dr. Javier García-Campayo, es común a todos los seres humanos. No es una patología ni una excepción. Aparece en determinados momentos de la vida; a veces está de fondo, aunque uno esté rodeado de personas que le quieren.
Uno de los problemas es que, como no se identifica la causa, no se puede abordar directamente. Lo habitual es que la persona despliegue toda clase de actividades para no conectar con esa sensación. García-Campayo distingue dos rangos de respuesta:
- Adaptativo: deporte compulsivo, búsqueda desenfrenada de relaciones sociales, entrega excesiva al trabajo.
- Patológico: consumo de alcohol o drogas, conductas antisociales, ideación suicida.
La psicología intentará rastrear el origen en carencias afectivas infantiles, necesidad de atención y aprobación, relaciones insatisfactorias o expectativas vitales poco realistas. Sin embargo, el propio García-Campayo señala:
«Los profesionales sabemos que, más allá de esas situaciones de carencia afectiva o de personalidades emocionalmente inmaduras, este sentimiento es tan generalizado en los seres humanos y tan difícil de resolver que escapa de las soluciones que puede ofrecer la psicoterapia, ya que es un problema existencial.»
La propuesta que emerge de la investigación —y que también atraviesa las tradiciones contemplativas— apunta a trabajar con la estructura del «yo» que está en la raíz de esas sensaciones y miedos.
Una indagación breve para terminar
Antes de cerrar la sesión, una práctica de exploración en dos pasos.
Primero: recuerda algún momento en el que hayas presenciado algo muy hermoso o experimentado algo sublime, una sensación positiva fuera de lo ordinario. ¿Cuál fue tu primer impulso? En la mayoría de los casos, el impulso es contárselo a alguien. La pregunta no es a quién, sino por qué. ¿Podrías haberlo disfrutado sin contárselo nunca a nadie?
Segundo: piensa en alguna circunstancia negativa, no necesariamente un trauma, algo inesperado que te perturbó. ¿Cuál fue de nuevo tu primer impulso? Generalmente, también: contárselo a alguien. ¿Qué se gana con eso? ¿Podrías haber gestionado esa emoción en soledad?
No se trata de evaluar si ese comportamiento es correcto o incorrecto. La indagación es más sencilla y más incómoda a la vez: ¿por qué necesitamos compartir todo con alguien?
Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 124-137.