La práctica de hoy combina dos movimientos: primero, un recorrido atento por todo el cuerpo —postura y sensaciones— que termina con un compromiso explícito de cuidado; después, una invitación a hacer concreto algo que en la sesión anterior quedó en abstracto: la nostalgia del samsara.
Escáner corporal: postura, sensaciones y compromiso
Comenzamos tomando conciencia global de la postura —todo el cuerpo— y de las sensaciones presentes, acercándonos a ellas desde los sonidos o desde el silencio. A partir de ahí, la atención desciende a las plantas de los pies: la postura, los dedos, las sensaciones. Subimos progresivamente por tobillos, gemelos y espinillas, rodillas y muslos, hasta las caderas y la pelvis. Desde ahí recorremos la columna vertebral, vértebra a vértebra, desde el coxis hasta las cervicales, prestando atención a la presión de los huesos allí donde la haya —y también donde no la haya.
Continuamos hacia el abdomen, el estómago, el diafragma y los pulmones, deteniéndonos un momento en el movimiento respiratorio. Subimos a las clavículas, los hombros, los brazos hasta los codos, los antebrazos, las muñecas, las manos y los dedos —postura y sensaciones de cada dedo. Seguimos por el cuello, la piel de la cara, la frente, los párpados, las cuencas oculares, la nariz y las fosas nasales, los labios, las mejillas y los pómulos, las mandíbulas, el interior de la boca con la lengua y el paladar, y finalmente todo el cráneo —cuero cabelludo e, interiormente, el cerebro.
Desde esa percepción del cuerpo en su conjunto, la práctica incluye una frase que merece reproducirse casi literalmente:
Que este cuerpo pueda estar sano y fuerte. Que pueda cuidar de las partes que no estén sanas. Y nos mantenemos con el compromiso de cuidarlo, porque es el mejor cuerpo posible que podemos tener. Por eso nos comprometemos a reconocerlo, escucharlo y atenderlo.
La nostalgia del samsara: hacerlo concreto
En la práctica anterior se introdujo la expresión nostalgia del samsara. Hoy la aterrizamos. El ejercicio es sencillo: recordar el día de ayer y seleccionar los objetos, situaciones o personas a las que nos hemos apegado. Momentos vividos, cosas hechas, personas con las que hemos estado.
La práctica continuada de meditación genera una figura —la del observador— que mantiene cierta distancia respecto a lo que se experimenta. Eso hace que la identificación nunca sea total. Pero si pensamos en personas de nuestro entorno que no meditan, o en nosotros mismos antes de practicar, probablemente la identificación era —o es— absoluta: la felicidad cuando las cosas van bien es muy intensa, pero va asociada a un sufrimiento igualmente intenso cuando las cosas van mal.
Ahí es donde aparece la nostalgia del samsara: esa identificación con lo que antes te apegabas tanto, o con lo que te apegas ahora, y que quizá en el futuro habrá disminuido o desaparecido.
El placer como cese del sufrimiento
Desde esta observación puede surgir una pregunta: ¿lo que llamamos placer o felicidad es algo en sí mismo, o es simplemente la cesación de un sufrimiento previo?
Javier García-Campayo recurre aquí a un ejemplo de Platón. En el Fedón, Platón relata los últimos momentos de Sócrates: cuando le quitan los grilletes de los tobillos, aquello que antes le producía sufrimiento genera, en su ausencia, una sensación de placer. El placer no surge de la nada; surge porque antes había otra situación.
La invitación es observar, sin forzar ninguna conclusión, si lo que experimentamos como felicidad responde a este mismo patrón: si es algo que aparece o si es, más bien, algo que cesa.
Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 157-167.