Una de las asunciones más arraigadas sobre el yo es que podemos ejercer un control intenso y sostenido sobre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Esta práctica matutina aborda esa creencia directamente: la cuarta asunción distorsionada del yo, el control.
El supuesto que nadie examina
Desde la ignorancia —en el sentido técnico que le da la tradición contemplativa, no como insulto—, asumimos que hay un yo capaz de dirigir el cuerpo y la mente a voluntad. Y cuando eso no ocurre, la frustración está servida. No solo eso: con frecuencia extendemos ese deseo de control hacia otras personas y hacia el mundo en general.
Javier García-Campayo señala en su obra que las rabietas del niño de dos años surgen exactamente en ese momento en que descubre que el mundo no obedece. Nuestras rabietas adultas, argumenta, no son estructuralmente distintas.
El cuerpo y la mente como territorio de esta lucha
En el plano corporal, el sufrimiento es evidente: la forma del cuerpo, la altura, el peso, el color del pelo, la enfermedad. El sector de la cirugía estética existe, en gran medida, porque no aceptamos lo que el cuerpo es. Y el máximo recordatorio de que no controlamos el cuerpo es cuando enferma.
En el plano mental, la misma estructura aparece en formas distintas: enamorarse de quien no corresponde y no poder dejar de estarlo, pensamientos que juzgamos inapropiados —como desear un alivio ante el agotamiento de cuidar a un familiar con Alzheimer—, o simplemente coger el móvil cuarenta veces al día sin haberlo decidido.
La cultura occidental judeocristiana ha sostenido que los pensamientos y deseos impuros son reprochables, lo que implica que podríamos controlarlos. La psicología clásica compartió durante tiempo ese supuesto. La tradición budista, en cambio, parte de que ese control no existe: si no podemos controlar lo que pensamos, ¿cómo podría ser pecado?
Lo que sí está en nuestra mano
Cuando se observan los tres estados de corrupción mental —codicia, aversión e ignorancia—, incluso quien lleva años practicando mindfulness puede descubrir que sigue esperando, en algún rincón, poder controlar sus pensamientos algún día. El salto ocurre cuando se acepta por fin que todo eso es incontrolable.
Lo único que podemos hacer es atender lo que está sucediendo y crear las condiciones para cuidar la mente.
Esto tiene una implicación práctica inmediata: la frustración que a veces genera la práctica de mindfulness viene de creer que tras quince minutos de meditación el día será tranquilo. Ese pensamiento descansa, de nuevo, en la ignorancia de que podemos controlar nuestros estados. Al final de la mañana, ese estado tranquilo puede haber desaparecido por completo. Asumir que es así no es derrotismo; es precisión. Y desde ahí se puede elegir: una práctica breve a media mañana, cinco minutos de pausa cada hora, lo que permita rescatarse del olvido.
Preguntas para la contemplación
Cuerpo y mente no son “yo” ni “mío” en ningún sentido sólido. Son fenómenos transitorios, cambiantes, impersonales y fuera de control. No podemos ordenar al cuerpo que esté sano, ni ordenar a las sensaciones que sean agradables.
Dos preguntas para llevar a la práctica silenciosa:
- Recuerda la última vez que no pudiste controlar un deseo que venía del cuerpo. ¿Cómo ocurrió ese proceso de lucha? ¿Quién intentaba controlar? ¿Dónde estaba el controlador? ¿Por qué no pudiste?
- Recuerda la última vez que te enfadaste con un estado mental —una emoción difícil, un pensamiento que no podías soltar—. ¿Cómo ocurrió ese proceso? ¿Quién intentaba controlar? ¿Dónde estaba el controlador?
Con estas preguntas, la mente se queda bloqueada. Y en ese bloqueo aparece la pregunta que subyace a toda esta práctica: ¿dónde está el yo?
Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 91-104.