La práctica de hoy parte de una pregunta sencilla en apariencia: ¿qué ocurre exactamente entre el momento en que percibimos algo y el momento en que estamos pensando en otra cosa completamente distinta?

El cuerpo como punto de partida

Adoptamos la postura. Una postura que permita estar atentos de manera calmada. Desde ahí, recorremos el cuerpo con conocimiento claro: los pies y sus plantas apoyadas, las piernas, las rodillas, los muslos, las caderas, la pelvis, la columna vertebral desde su base hasta las cervicales. El abdomen, el movimiento del diafragma, los latidos del corazón. Los hombros, los brazos, los antebrazos, las muñecas, las manos y los dedos. El cuello, la cabeza, la piel de la cara, las tensiones o ausencias de tensión en la frente, los párpados, la boca.

Este recorrido no es un calentamiento. Es ya la práctica: el conocimiento claro de la postura establece una base de atención sobre la que después se puede trabajar con los fenómenos mentales.

Contacto, tono afectivo y proliferación mental

Cualquier contacto con un objeto —visual, auditivo, mental— genera de inmediato un tono afectivo: agradable, desagradable o neutro. Ese tono es la experiencia directa. A partir de ahí, casi sin que nos demos cuenta, surge un pensamiento, luego otro, y después una cadena de asociaciones que produce nuevas sensaciones físicas, que a su vez conectan con otros fenómenos mentales. El proceso es tan rápido que habitualmente es invisible.

Ejemplo concreto: mirar una planta en flor genera probablemente un tono agradable. De ahí surge la palabra flor, el color, y después pensamientos que no hemos elegido, que traen consigo sus propias sensaciones y sus propios encadenamientos.

Esto es la proliferación mental —papañca en la terminología clásica—: la mente que se expande a partir de un contacto inicial, alimentada por la atracción o la repulsión que ese contacto produce.

Fusión cognitiva y las tres marcas

Cuando la atención baja, o cuando el tema que surge tiene suficiente carga afectiva, ocurre lo que en el contexto de la terapia cognitiva conductual basada en la aceptación se denomina fusión cognitiva: el pensamiento deja de ser observado como pensamiento y se convierte, sin más cuestionamiento, en realidad. No es que piense que algo va a ocurrir de determinada manera; es que así va a ocurrir. La mente y su contenido se han fundido.

Observar esto en tiempo real es el trabajo de esta práctica. La instrucción es simple: esperar a que surjan pensamientos, tomar conciencia de ellos, notar cuánto duran y observar cómo desaparecen. Algunos no generarán proliferación —especialmente los de tono neutro—. Otros se llevarán la atención de paseo. En ambos casos, la observación misma es el ejercicio.

Cuando aparece proliferación, se puede recurrir a las tres marcas de la existencia como recordatorio:

  • Impermanencia: ese tema pasará.
  • Sufrimiento condicionado: genera sufrimiento en la medida en que hay apego o aversión hacia él.
  • Ausencia de sustancialidad: no es algo sólido; es un conjunto de partes, algo parecido a una ensoñación.

No se trata de luchar contra los pensamientos. Si surge lucha, se puede tomar una respiración amplia y soltar esa lucha al exhalar. La única tarea es hacerse consciente de lo que se percibe: sonidos, pensamientos, el tono afectivo que los acompaña.

La práctica continúa fuera del cojín

La propuesta para el resto de la mañana es mantener esa misma atención al tono afectivo en cada actividad ordinaria: preparar el desayuno, caminar de un sitio a otro, comer, trabajar. No de manera continua ni forzada, sino cada vez que uno se acuerde. Esa disponibilidad permanente es, precisamente, lo que significa morar en la vacuidad a cada instante.


Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 105-115.