Esta práctica matutina parte de un recorrido corporal sencillo para llegar a un territorio menos frecuentado en el mindfulness occidental: la experiencia de no dualidad, ese estado en el que la distinción entre quien observa y lo observado deja de ser operativa.
El punto de partida: anclar la atención en el cuerpo
Antes de cualquier otra cosa, adoptamos la postura y dejamos que la atención recorra el cuerpo de forma ordenada. Comenzamos por los pies, ascendemos por las piernas hasta las rodillas, continuamos por las caderas, la zona torácica y pulmonar, los brazos, las manos y, finalmente, la cara. Es un barrido sin prisa, punto por punto, cuyo único propósito es reunir la atención dispersa y devolverla al momento presente.
Esta fase inicial no es un calentamiento menor: es la condición que hace posible lo que viene después.
Práctica de atención abierta con ojos abiertos
A continuación, la invitación es encontrar un objeto vivo —una planta— o un espacio abierto donde el horizonte sea visible. Mantenemos los ojos abiertos, con la mirada suavemente enfocada hacia ese objeto, intentando reducir el parpadeo al mínimo para minimizar la distracción que este genera.
La atención no va a la respiración, sino al objeto. Si la mirada tiende a desenfocarse, se deja estar así. No se fuerza ninguna corrección. Se permanece en silencio durante varios minutos.
Cuando la mente se unifica: la experiencia de no dualidad
Cuando la mente alcanza cierto grado de unificación, el yo comienza a diluirse. En ese punto emerge lo que las tradiciones contemplativas denominan no dualidad: la ausencia de separación entre sujeto y objeto, entre dentro y fuera.
En palabras de Diego durante la práctica:
«Se dice que existe la visión del objeto sin nadie que vea, se produce la audición del sonido sin nadie que escuche, y se genera la acción sin que exista un actor.»
Esta no es una descripción metafórica. Se trata de una experiencia documentada de forma sistemática en meditadores con cierta trayectoria de práctica.
La relación con el sufrimiento es directa: si no hay dualidad, no hay un yo autobiográfico que elabore el daño que lo que está ocurriendo le produce. Puede existir dolor —la sensación bruta— pero sin el procesamiento egoíco que lo convierte en sufrimiento. Nadie etiqueta la experiencia como amenaza para un yo, porque ese yo no está operando con su habitual protagonismo.
El poema que lo sostiene
Diego cierra la práctica con unos versos del siglo VIII atribuidos a la tradición del Tao, que describen este estado con una economía de palabras difícil de superar:
Los pájaros han desaparecido en el cielo. Ahora la última nube se desvanece. Nos sentamos juntos, la montaña y yo, hasta que solo la montaña permanece.
Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 138-155.