Continuamos explorando las asunciones distorsionadas del yo. Tras las dos anteriores, hoy trabajamos la tercera: la originalidad, es decir, la tendencia a sentirnos únicos y diferenciados del resto. Es quizás la más difícil de cuestionar, porque tiene una base real: cada persona tiene su genética, su historia, su nombre. Y sin embargo, esa misma sensación de unicidad es el terreno donde el yo se consolida y, a veces, se vuelve rígido.

La postura como punto de partida

Antes de entrar en el contenido conceptual, tomamos unos minutos para asentarnos en el cuerpo. El recorrido es sencillo y sistemático: desde los pies —los puntos de apoyo, las sensaciones en tobillos y rodillas— hasta los muslos, las caderas, el tronco, la columna vertebral en su totalidad, el abdomen, el pecho, el movimiento de la respiración, el cuello, la cara, los brazos, las manos, los dedos. No se trata de corregir nada, sino de tomar conocimiento claro de cuál es la postura del cuerpo en este momento.

Desde ahí, la atención puede descansar en la respiración y atender al estado de la mente: qué procesos se están dando, qué tonalidad tiene la experiencia ahora mismo.

El nombre como certificado de unicidad

El nombre propio es probablemente el símbolo más condensado de nuestra identidad individual. A lo largo de la historia, la honorabilidad ligada al nombre ha sido fuente de conflictos serios. Vale la pena observarlo de cerca.

La práctica propone tres ejercicios breves. En cada uno se invita a puntuar la sensación del yo en una escala de cero a diez.

Primer ejercicio. Repetir mentalmente el propio nombre, de forma lenta, como si fuese un mantra. Observar si esa repetición aumenta la sensación del yo. La pregunta que sigue es directa: ¿ha resultado agradable? ¿Ha crecido ese sentido de importancia personal?

A continuación, imaginamos que no tuviésemos nombre: que la gente simplemente dijese , o oye. ¿Puedes ligar la palabra a toda tu biografía del mismo modo en que lo hace tu nombre? ¿Qué puntuación le darías al yo en ese caso?

Segundo ejercicio. Ahora imaginamos que toda la humanidad comparte nuestro nombre y apellidos. Cuando lo pronunciamos, no solo respondemos nosotros: responden también los amigos, los desconocidos, todos. La pregunta es si, en esas circunstancias, el nombre sigue potenciando la sensación del yo de la misma manera.

Tercer ejercicio. Retomamos una imagen de una práctica anterior: un accidente en el que hemos perdido la memoria y, con ella, el nombre. Alguien nos ha asignado uno nuevo. Lo repetimos interiormente y tratamos de identificarnos con él.

¿Cómo sería nuestra vida si la puntuación del yo de cero a diez fuese habitualmente baja?

Lo que estos ejercicios permiten observar, aunque sea brevemente, es que sin tener que defender una identidad —su coherencia, su imagen— la experiencia se vuelve más ligera.

Vivir sin tanto peso identitario

No se trata de disolver la identidad funcional que necesitamos para operar en el mundo. Se trata de notar hasta qué punto una parte significativa de nuestra energía cotidiana se destina a sostener y proteger una imagen de nosotros mismos que, cuando se examina de cerca, resulta más construida y contingente de lo que parece.

Que podamos vivir hoy cada experiencia con aceptación, y sin estar tan identificados.


Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 91-104.