Esta práctica matutina trabaja dos movimientos complementarios: primero, un recorrido sistemático por el cuerpo para establecer un conocimiento claro de la postura; después, una indagación sobre los pensamientos y el tono afectivo que generan. La propuesta es sencilla en su forma, pero no trivial en lo que revela.

Conocimiento claro de la postura

Antes de atender a la mente conviene saber dónde está el cuerpo. No como rutina preparatoria, sino como práctica en sí misma: el conocimiento claro de la postura (sampajañña) es una instrucción explícita en los textos clásicos de meditación.

El recorrido parte de los pies —dedos, empeines, plantas, talones— y asciende progresivamente: tobillos, piernas, rodillas, muslos, caderas con los isquiones, zona del bajo vientre, zona sacra, abdomen, lumbar, diafragma, costillas, columna dorsal, escápulas, clavículas, cuello, hombros, brazos, antebrazos, muñecas, manos y dedos. Se termina en la cabeza: piel de la cara, frente, párpados, pómulos, mandíbulas, lengua, ojos y, si se quiere, el interior del cráneo.

La instrucción es percibir con una cualidad bastante neutra. No buscar nada especial, simplemente recibir las sensaciones tal como son —agradables, neutras o tensas— y ajustar la postura donde sea necesario.

Observar pensamientos: tres respiraciones, treinta segundos

Una vez establecido ese conocimiento corporal, la atención se dirige a la mente y a sus procesos. Aquí Diego introduce un ejercicio de calibración sencillo: sin forzar el ritmo respiratorio, se toma conciencia de que aproximadamente tres respiraciones ocurren en treinta segundos. Ese intervalo se convierte en la unidad de medida.

La propuesta es observar cuántos pensamientos aparecen en ese mismo periodo. No capturarlos ni analizarlos, solo percibir su surgimiento. Lo que suele ocurrir es revelador:

«Ha podido surgir que no ha surgido mucho porque estoy muy atento; entonces no se da la proliferación mental.»

La atención sostenida reduce espontáneamente la cadena asociativa. Pero cuando la atención afloja, los pensamientos se encadenan: un pensamiento genera un tono afectivo —agradable o desagradable según el contenido—, y ese tono da lugar a otro pensamiento, y así sucesivamente, sin fin aparente.

Una práctica para llevar al día

Para hacer más concreta esta indagación —que en sesión formal puede volverse abstracta— Diego propone un registro escrito durante el día: tener un papel o cuaderno a mano mientras se trabaja en cualquier tarea, y anotar brevemente cada pensamiento que aparece de manera involuntaria, la hora aproximada y el contenido, para luego volver a la tarea. Al final del periodo se revisan las anotaciones: el tiempo transcurrido entre registros y el tema de cada pensamiento ofrecen información sobre cómo opera la mente en condiciones ordinarias.

Este material servirá de base para la siguiente práctica, en la que se abordará cómo la proliferación mental —esa cadena involuntaria de un pensamiento con otro— construye la sensación del yo. Javier García-Campayo lo desarrolla con precisión en su libro Vacuidad, páginas 112 a 116, a partir de la idea de que una gestión inadecuada de los fenómenos sensoriales y cognitivos es precisamente lo que produce esa proliferación.


Hasta entonces, la invitación es esta: ser conscientes del tono afectivo que se genera con cada cosa con la que hagáis contacto —olores, imágenes, texturas, personas, pensamientos— y observar cómo ese tono, sea agradable o desagradable, va generando otros fenómenos que generan otros tonos. Tenemos toda nuestra vida cotidiana para explorar esto, desde este mismo momento en que terminamos la práctica.


Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 105-115.