Una de las consecuencias más notables de la práctica sostenida de meditación es que la atención empieza a desplazarse: ya no se queda atrapada en los contenidos de la mente —pensamientos, emociones, impulsos, sensaciones— sino que comienza a percibir el espacio en el que esos fenómenos aparecen. Este cambio no se produce por voluntad directa; es, más bien, un efecto natural que emerge con el tiempo.

El vacío como fondo de toda experiencia

El Tao Te King, en su capítulo 11 —titulado precisamente «La esencia es más útil que la apariencia»—, expresa esta idea con una claridad que pocas formulaciones contemporáneas superan:

30 radios convergen en el centro de una rueda, pero es su vacío lo que hace útil al carro. Se moldea la arcilla para hacer la vasija, pero de su vacío depende el uso de la vasija. Se abren puertas y ventanas en los muros de una casa, y es el vacío lo que permite habitarla. En el ser centramos nuestro interés, pero del no ser depende la utilidad.

Javier García-Campayo retoma este pasaje para señalar que no hay límites a los cambios que puede producir en nuestras vidas la sensación de vivir en la vacuidad, si se practica de forma genuina y con dedicación.

Dos utilidades concretas de percibir el espacio

La primera es la perspectiva. Cuando se cultiva la conciencia del espacio, los problemas personales —e incluso el sentido del yo— se perciben como fenómenos pequeños dentro de una vastedad mucho mayor. No es un ejercicio de minimización forzada: es simplemente ampliar el radio hasta que la proporción real queda visible. Nosotros en nuestra habitación, en nuestra ciudad, en nuestro continente; luego el planeta visto desde la distancia de Marte —una pequeña lucecita en el universo—; y finalmente el conjunto de la galaxia. En ese contexto, la narrativa que construimos alrededor de nuestras dificultades pierde consistencia de manera natural.

La segunda es la reducción del apego. Cuando la mente contacta con un objeto y lo etiqueta como agradable o desagradable, surge una reacción de atracción o rechazo. Si en ese momento está presente la percepción de espacio, esa reacción se suaviza. Hay una imagen útil para entenderlo: una cucharada de azúcar endulza una taza de té, pero arrojada al mar resulta inapreciable. La sensación del yo opera de manera similar: cuando se tiene la perspectiva del espacio infinito, el yo se vuelve imperceptible.

Una práctica analítica con apoyo en la física cuántica

El espacio no es únicamente la ausencia visible de cosas: impregna todo fenómeno que percibamos como sólido. La física cuántica confirma que los objetos aparentemente sólidos son, en su mayor parte, procesos de energía en un vasto espacio vacío.

Esto permite una práctica sencilla. Con los ojos abiertos, se toma conciencia del espacio que hay entre uno mismo y los objetos del campo visual; luego se amplía la atención al espacio que rodea esos objetos y al que nos rodea a nosotros. Al cerrar los ojos de nuevo, se mantiene el sentido del espacio mientras los objetos percibidos se disuelven mentalmente en él. Después, la misma disolución se aplica al propio cuerpo: visualizarlo sentado, rodeado de espacio, constituido fundamentalmente por espacio, y dejarlo disolverse progresivamente en esa vastedad.

Esta no es una práctica de relajación ni de visualización creativa. Es un entrenamiento en la percepción de lo que, según estas tradiciones y según la física, ya es así.


Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 138-155.