Practicamos el primero de los fundamentos del mindfulness: el conocimiento claro de la postura. No se trata de corregirla ni de adoptarla ideal, sino de saber con claridad cómo está el cuerpo en cada momento. Esa claridad, cultivada aquí en la sesión formal, es la misma que puede acompañarnos al caminar, al comer, al hablar o incluso al dormir. La máxima presencia sería no perder esa conexión en ningún momento.
Escanear el cuerpo parte a parte
Empezamos por los pies: cómo apoyan, qué sensaciones hay —agradables, desagradables o simplemente neutras—, qué dedos se perciben y cuáles no. Continuamos por las plantas, los empeines, los tobillos, y vamos ascendiendo: piernas, rodillas, muslos, caderas, la parte inferior y superior del tronco, toda la columna, las costillas, los pulmones, las clavículas. Llegamos a los brazos —huesos, músculos, piel—, las muñecas, las manos, los dedos. Y finalmente el cuello, la cabeza, la piel del rostro, la frente, las mejillas, la lengua, los ojos, el cerebro.
Al terminar el recorrido, la mente descansa en el cuerpo de una manera más asentada. El nivel de presencia es más sólido. Y en ese estado es posible conectar con lo que podríamos llamar el estado natural de la mente: tranquila y en paz.
Solo han pasado ocho minutos.
Por qué los monjes van despacio
Hay una razón por la que en los monasterios todo se hace un paso a la vez. Si la actividad se acelera, la mente se acelera. Y cuando hay falta de presencia, añadimos problemas a los que ya existen de por sí. La vida es más armónica con más presencia; de ahí que la práctica no tenga un punto de llegada.
Conviene tenerlo presente, porque inconscientemente tendemos a pensar que llegará un día en que ya no hará falta practicar, que ya no habrá sufrimiento. Eso es vivir en la ilusión, en lo que la tradición llama ignorancia.
La exploración del yo: ¿dónde encontrarlo?
Mantener la presencia es también la condición para disolver esa ignorancia. ¿Por qué creemos que el yo existe tal como lo concebimos? Cuando se contempla en profundidad el funcionamiento de todo, resulta imposible encontrar ese yo.
Empecemos por el cuerpo, que parece lo más continuo —desde el nacimiento hasta la muerte—. Y sin embargo también cambia sin cesar. Los estudios apuntan a que casi todas las células del organismo se renuevan en un plazo aproximado de siete años. El cuerpo no es una cosa única: son millones de células que necesitan nutrientes, agua, oxígeno de manera constante. Enfermamos sin previo aviso; el aspecto físico tampoco está bajo nuestro control.
Lo mismo ocurre con los procesos mentales. Los pensamientos, las emociones y los deseos surgen a partir de estímulos externos e internos, se contradicen entre sí, y no los elegimos. Y en cuanto al observador —el que percibe todo esto—, tampoco podemos sujetarlo: la capacidad de estar presentes se olvida continuamente.
Como señala el Buda: el yo está vacío. No podemos encontrarlo en ninguna parte. No soy solo mi cuerpo. No soy solo mis pensamientos. ¿Dónde estoy entonces? ¿Cómo se genera?
En la próxima práctica veremos cómo se crea el yo, algo que tiene que ver con la proliferación mental continua.
Práctica adaptada de Javier García-Campayo (2019). Vacuidad y no-dualidad. Meditaciones para deconstruir el yo, pp. 105-115.